Te conocí en diciembre cuando no sabía maquillarme y no tenía idea de lo que hacia entre los continentes, justo cuando caía en gracia de su analogía arquitectónica, no sé siquiera si ese término exista pero describir situaciones, personas o lo que sea con arquitectura es de las cosas que más me gusta hacer, de esos talentos y gustos que no te consiguen trabajo, para variar; estabas tan pálido y débil que apenas y podías hablar, aún así preguntaste quién era, respondieron por mi y me fui.
Después de eso estabas en todas partes. Adoptamos un perro y un ratón, dibujaste mis ideas, completaba las tuyas, me hiciste usar vestidos que en realidad detestaba, a ir contigo a tantas fiestas en las que tus fantasmas jamás tomaban el día libre, comiste nueces conmigo (ya que no tenías otra opción), odiabas que escuchara a Regina Spektor, te gustaba tanto mi cabello, tomabas mis crayones y te esforzabas por colorearlo lo más real posible en los dibujos que hacías de mi; te hice esperar más de lo que he hecho esperar a cualquier persona que conozco y aún puedo recordar esa mezcla de aroma-tacto en cada bienvenida.
Y aquí sabemos que es donde tengo que dejar de escribir sobre ti.
